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Fotografía digital

Todos quieren ser fotógrafos

Isabel Garzo Ortega (licenciada en Periodismo por la UCM y estudiante de fotografía)
Luis Caretti Álvarez (informático y estudiante del Curso de Acceso de la UNED)
Fotografías de Isabel Garzo

Los límites entre la fotografía profesional y amateur son cada vez más confusos. La llegada del mundo digital ha supuesto un abaratamiento de los costes y ha facilitado una labor para la que cada vez se requieren menos estudios, sin que con ello se pierda, aparentemente, calidad. ¿Vale todo en fotografía?

“A todas las chicas les da en algún momento de su vida por que quieren ser fotógrafas”, dice el personaje interpretado por Scarlett Johansson en la película “Lost in translation”. Esa idea se puede extrapolar ahora a un grupo mucho más amplio, sobre todo de jóvenes, que se ha encontrado con que el límite tradicional entre la fotografía profesional y aficionada está cada vez más borroso.

Esto se debe principalmente a dos factores. Por un lado, la llegada del mundo digital (pantallas de previsualización, aumento y mejora de las funciones automáticas), que facilita una labor que antes sólo podían realizar personas con conocimientos técnicos muy avanzados; y por el otro, el increíble abaratamiento del material fotográfico, unido al hecho de que, una vez realizada la inversión inicial, no hay gastos de carretes ni de revelado, lo que nos permite realizar miles de pruebas hasta conseguir la fotografía deseada.

 

 

 


 

Hace unos años llegó el boom de las cámaras digitales compactas: sus precios son irrisorios considerando que su vida es relativamente larga y que no hay ningún coste añadido a la inversión inicial. Pero ahora empiezan a generalizarse las cámaras réflex, que antes sólo adquirían los fotógrafos profesionales y unos pocos aficionados (por ejemplo, viajeros). La diferencia entre cámaras réflex y compactas radica principalmente en que en las primeras se ve en el visor exactamente lo mismo que saldrá en la foto, mientras que en las compactas visor y objetivo no están en la misma línea, sino que funcionan mediante un juego de espejos. Otra diferencia es que las réflex cuentan con un fotómetro interno para medir la luz. Pero lo más importante es que permiten cambiar los objetivos, lo que es útil para hacer un uso mucho más creativo.

El uso de las cámaras réflex, como hemos dicho, se ha popularizado con la llegada del mundo digital, al hacer mucho más fácil una tarea que antes sólo podían realizar expertos, y permitir, con el retoque digital, “salvar” fotografías mal hechas prácticamente sin límites.

Los fotógrafos profesionales se encuentran ahora con un problema al que ya se habían enfrentado antes otros colectivos como los periodistas o los informáticos: su disciplina empieza a generalizarse de tal manera que tienen que lidiar en el mercado laboral con la competencia de personas que no están acreditadas por un título académico pero pueden realizar ese trabajo igual que ellos. O, al menos, sus conocimientos camuflan de manera eficaz sus carencias. Porque en realidad, muchas de las personas que han aprendido fotografía réflex-digital de manera autodidacta, utilizan aproximadamente el 30% de las posibilidades de su cámara. Es más, muchas personas utilizan la réflex prácticamente como si fuera una compacta, sin salir de los modos automáticos. ¿Por qué entonces la elección de las pesadas réflex en lugar de las pequeñas y ligeras compactas? Puede deberse a la voluntad inicial de aprender a usar los modos manuales, que por pereza o tiempo no se materializa; o a la simple apariencia: llevar colgada del cuello una cámara réflex te hace sentir, sencillamente, más fotógrafo.

 




 

Entonces, ¿vale todo en fotografía? En arte, por ejemplo, estamos hartos de ver manifestaciones que son consideradas como tal, ante las que muchos se llevan las manos a la cabeza. En fotografía, una vez cumplidos unos requisitos técnicos mínimos (referidos a la iluminación, la correcta exposición, etc) parece que lo demás es subjetivo. Pero la realidad es que, al final, una buena foto es aquella que gusta a todo el mundo. Y esto significa que sí hay unas reglas, escritas o no, por las que todos nos guiamos a la hora de valorarlas. Son unas reglas básicas, un par de decenas que se pueden aprender (con teoría o por la simple observación de muchas fotos) o incluso intuir. Estas normas se refieren, por poner algunos ejemplos, al significado de la orientación de las líneas en una foto, a dejar los espacios en blanco en la dirección de las miradas y los vehículos (y no detrás de ellos), a buscar elementos que se repiten, a la elección de colores según lo que queramos transmitir…

Pero, a veces, una foto que no las cumple, o que rompe una de las normas que nos parecían más inquebrantables, tiene algo. Nos transmite cosas. Nunca deberíamos perder una foto por considerar que no va a ser perfecta técnicamente. Si el niño te va a mirar durante sólo tres segundos con esos ojos, hazle la foto. Como sea. Al final, eso es lo más importante. Porque hace mejores fotos una persona con ojo y sin técnica que otra con técnica y sin ojo. Y porque, en definitiva, más que el que ha estudiado fotografía, es fotógrafo el que sabe mirar.