DISCURSO DE GREGORIO PECES-BARBA MARTÍNEZ

Doctor Honoris Causa por la UNED 1991

Majestades,

Magnífico y Excelentísimo Señor Rector,

Señoras y Señores Doctores,

Señoras y Señores.

Para un profesor universitario como yo, recibir un Doctorado «Honoris Causa» en presencia de los Reyes de España, y otorgado a propuesta de su facultad de Derecho, por esta prestigiosa Universidad, es un halago de la fortuna.

Gracias Señor, gracias Señora, por haberos dignado realzar con vuestra presencia este acto. Gracias Magnífico y Excelentísimo Señor Rector. Gracias Señoras y Señores Doctores y miembros de este Claustro por conferirme este honor, que es para mí tan entrañable y querido. Gracias señor Decano y amigo por vuestras
palabras en la «Laudatio». Gracias Doctora Pérez Vera, por haber sido mi madrina en este acto. Gracias a todos ustedes, señoras y señores, por su presencia.

Estas iniciales palabras de agradecimiento son un signo de sentimientos profundos, y no sólo de cumplimiento obligado de un ritual académico.



Me siento orgulloso y honrado por formar parte de este Claustro, y creo que son, aquí y ahora, particularmente apropiadas para la ocasión las palabras de Goethe, «Dichoso aquel que recuerda a sus antepasados con agrado, que gustosamente habla de sus acciones y de su grandeza y que serenamente se alegra viéndose al final de tan hermosa fila».

Me acompañan en esta ceremonia y también en la dignidad que acabáis de concederme, seis entrañables amigos y compañeros en una hermosa aventura, la redacción de un anteproyecto de Constitución y de seguimiento, como ponentes constitucionales, hasta alcanzar la meta de toda producción normativa y su incorporación como norma básica del ordenamiento jurídico español. Lo habéis hecho por la contribución de todos nosotros a la Constitución de 29 de Diciembre de 1978, desde entonces
Carta Magna de los españoles, regla de juego de nuestra vida social y política, expresión de los valores superiores y los derechos fundamentales, guía de la interpretación y de la aplicación de las restantes normas, organización de los poderes del estado y de la distribución territorial del poder político.
Probablemente no hemos sido sino expresión de un sentir colectivo, de las esperanzas de futuro y de las ilusiones comunes de la inmensa mayoría de los ciudadanos, de la generosidad de Don Juan Carlos de Borbón, de la capacidad de compromiso de los partidos políticos y de otras fuerzas sociales, de todos los pueblos de España, de la Iglesia, del Ejército, de la clase trabajadora, de los empresarios y de los industriales. También, quizás, de muchos que supieron tener mala memoria y que
olvidaron los agravios, de otros que generosamente renunciaron a las reparaciones y de todos los que querían legar a sus hijos una España donde la dialéctica del odio desapareciese de nuestro tejido social y de nuestro talante político. Todos esos merecían hoy ser Doctores «Honoris Causa» por la Universidad Nacional de Educación a Distancia. Soy consciente, como diría Tomás de Aquino, que somos sólo vicarios de esa multitud.
Me permito con esas premisas, decir que es un acierto lo que habéis hecho, no 'por nosotros, sino por esos auténticos y plurales protagonistas que lograron superar la cultura del trágala para entrar en la del consenso. Con la Constitución se resolvieron algunos problemas endémicos que habían hecho fracasar los intentos de tantos hombres beneméritos que lo habían intentado en otras ocasiones. Por eso, no es una Constitución hecha por medio país, contra el otro medio. Supera la dialéctica de las constituciones antagónicas que se sucedieron en un trágico baile entre textos moderados y progresistas.
Con la Constitución, el problema de la forma de estado, de la educación, de la cuestión regional, encuentran vías razonables de salida. Si el constitucionalismo clásico supuso el freno desde la soberanía popular a la prerrogativa de la Corona, esta Constitución señala el fin de esa etapa y la coordinación, mejor que en cualquier otro sistema hoy, entre Monarquía y sistema parlamentario.
Si el trágico enfrentamiento entre un nacionalismo español excluyente y separador, y un nacionalismo fragmentador y separatista habían marcado nuestra historia política, el Estado de las Autonomías significa el final de ese período y abre una real integración de España como nación de naciones y de regiones.
Frente a la ética del dinero y del egoísmo, frente a la economía como moral y a la filosofía del banquete de Ma1thus, la Constitución abre unas dimensiones y unos objetivos éticos para la realización de la autonomía moral de las personas, en el estado social y democrático de derecho.
Entiendo Majestades, Magnífico y Excelentísimo Señor Rector, Señoras y Señores Doctores, que a todo eso y a las demás virtualidades que encierra la Constitución le habéis otorgado el Doctorado «Honoris Causa», residenciándolo, a efectos puramente simbólicos, en quien os habla y en sus compañeros.
Vivimos momentos de crisis, de crisis de ideas y de cambios en las creencias que han movido el mundo desde el tránsito hasta la modernidad. Vivimos en un momento de esperanza en la unidad política de Europa, y en nuestro país, esas luces y esas sombras se entremezclan en nuestro camino cotidiano. Debemos asimos con fuerza a lo que nos une y desterrar y descartar todo lo que nos empobrece y nos rebaja. Por eso debemos fomentar el sentimiento constitucional de los españoles y construir como fundamento una sólida lealtad a la Constitución, un espíritu de consenso en el respeto a las reglas del juego limpio.
Espero que este acto y nuestra incorporación al colegio de doctores de esta Universidad, que tan generosamente habéis decidido, ayude a dar pasos en esa dirección.
Muchas Gracias. 
 

Madrid, diciembre 1991