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LAUDATIO Ricardo Díez Hochleitner

Doctor Honoris Causa por la UNED 2010

José Luis García Garrido. Catedrático de la Facultad de Educación de la  UNED

 

 


Magnífico Señor Rector, Ilustres Autoridades, Señoras y Señores:

“Es de bien nacidos ser agradecidos”. Como ocurre tantas veces, el Refranero Español ha venido en mi ayuda para sugerirme las palabras más adecuadas a la hora definir el sentido principal de esta intervención mía.

La UNED contrajo, desde su fundación, una deuda impagable con quien sin duda fue su principal inspirador y con quien, junto al Ministro Villar Palasí, derrochó muchas energías para verla hecha realidad.

Corría todavía el año 1969. Era yo entonces un joven profesor adjunto de la Universidad de Barcelona. Mi preocupación por el estado de la educación en España tras la aparición del famoso Libro Blanco, y una conversación que antes mantuve con el inolvidable José Blat Gimeno, me llevaron a pedir una entrevista con el recién nombrado Subsecretario del Ministerio, Ricardo Díez Hochleitner, del que había oído hablar mucho por su prestigiosa actuación en la Unesco y en otros organismos internacionales. Seguramente él no se acordará para nada de aquella entrevista, entre las muchas que cada día debía mantener, pero yo si la recuerdo bien, gracias a la costumbre que entonces tenía de escribir unas notas recordatorias tras las entrevistas que consideraba importantes. Me recibió diciendo unas palabras que no he olvidado: “Mi corazón es grande, pero mi tiempo es muy pequeño”. No fue tan pequeño, sin embargo. Durante casi una hora estuvo hablando conmigo, con gran pasión, sobre la reforma educativa que venía preparándose.  Resalté en mis notas recordatorias dos cosas de aquella entrevista: la convicción que él tenía sobre la importancia de la reforma para la democratización  de España, por un lado y, por otro, el proyecto de crear una universidad a distancia, parecida a la que estaba a punto de iniciarse en el Reino Unido. Fue la primera vez que oí hablar de una institución de ese tipo, y me chocó el detenimiento y la insistencia del Subsecretario sobre un tema que a mí más bien me suscitaba recelos, como fue el caso de tantos universitarios por entonces. Me parecía que aquello de hacer una carrera “a dis- tancia”, por correspondencia o algo así, tenía poco de universitario y mucho de peregrino. ¿Qué títulos universitarios iban a ser esos, completamente desvinculados de la investigación y de aquello que entonces llamábamos, con más poesía que realismo, la “vida universitaria”? Me acuerdo que así se lo comenté después a mi hermano Manuel, Rector entonces de una importante universidad de las de verdad, de las de toda la vida. Su reacción fue escueta: “la universidad a distancia es una gran idea, no lo dudes”.

Es obvio lo mucho que influyó todo esto en mi cambio de actitud, que se abrió paso con rapidez. Aún así, me daba perfectamente cuenta de que Díez Hochleitner iba a contar con pocos partidarios en el seno de las universidades y de sus principales responsables, que sólo veían como positiva la idea de quitarse así de encima a los por entonces denominados “alumnos libres” (de hecho, el nombre que circulaba mayormente era el de “universidad libre a distancia”). Soy testigo del enorme esfuerzo que hubo de realizar para, poco a poco, conquistar voluntades entre tanto universitario que denostaba sin tapujos de aquella peregrina idea del “Jolines”, como entre pasillos se llamaba al Subsecretario.

Me atrevo a decir, por todo esto, que esta UNED en la que estamos ahora todos implicados, y que desde luego ha sido mucho más que un mero receptáculo de alumnos “libres”, no hubiera sido la misma, o no hubiera sido en absoluto, es decir, no hubiera quizá ni siquiera existido, sin la persona, la imaginación y la constancia de Ricardo Díez Hochleitner. Nobleza obliga. Tras treinta años de servir ilusionadamente a esta institución, me siento hoy particularmente gratificado por que la UNED, mi universidad, confiera el Doctorado Honoris Causa a quien tanto hizo por ella. He arrastrado este propósito durante bastantes años, y hoy, cuando cumplo ya mi última etapa universitaria en calidad de profesor emérito, siento orgullo y un profundo agradecimiento hacia todos los que han hecho posible que esta universidad mía y vuestra sea, en verdad, una universidad “bien nacida” y, por tanto, “agradecida”.

Pero no se trata sólo de una deuda contraída por la UNED en su conjunto. La propuesta hecha por la Facultad de Educación tiene igualmente a su base el reconocimiento expreso de  los muchos méritos acumulados por Ricardo Díez Hochleitner en cuanto promotor de la mejora, en extensión y en calidad, de la educación en España y más concretamente de la investigación educativa. Sin desconocer lo hecho anteriormente y sin desconocer tampoco la alta calidad que tenían muchos profesores y muchas instituciones de educación a todos los niveles, cuando yo conocí a Ricardo Díez Hochleitner el número de esas instituciones y de quienes tenían acceso a ellas dejaba mucho que desear. La Ley General de Educación, cuyo timón llevó en gran parte nuestro hoy doctorando junto al Ministro Villar Palasí y a otras personas inolvidables, supuso un paso trascendental en la historia de la educación española, y así ha sido ampliamente reconocido, dentro y fuera de España. Pensemos, por ejemplo, en cosas tan elementales como en el sueldo de los maestros o en la construcción y equipamiento de los centros escolares. Pensemos en el incremento descomunal de la escolarización primaria y secundaria durante los años setenta. Pensemos, de modo quizá especial, en la apertura democrática que sin duda propiciaron los planteamientos educacionales de la Ley. Pese al régimen autocrático, España pudo lucirse entonces como promotora de una educación comprehensiva, igual para todos, hasta los 14 años de edad, cosa que países como Francia, Italia o incluso los países nórdicos no conseguirían hasta años después. El mismo germen de la escolarización obligatoria hasta los 16 años fue plantado entonces.
 

El cambio de escenario fue aún más espectacular en lo que se refiere a la investigación educativa. Cuando yo conocí a Ricardo Díez Hochleitner, existían en España tres secciones de Pedagogía en las universidades de todo el país, y el número de investigaciones educacionales aparecidas cada año apenas superaba la veintena. Piénsese en el impulso que dio a todo esto la creación del CENIDE, del que Díez Hochleitner fue impulsor y primer Presidente, y de Institutos de Ciencias de la Educación en todas las universidades. Lo que sucedió a partir de entonces, en materia de investigación educativa, fue una verdadera explosión. En estos difíciles tiempos en los que tantos denostan de la pedagogía, hay algunos que todavía reprochan a Díez Hochleitner el haber ocasionado esta situación inflacionista en materia pedagógica que hoy, según ellos, vivimos. Pero quienes nos dedicamos a la investigación educativa, por muchos que seamos, no podemos transigir con esa crítica, y tenemos la obligación de reconocer los méritos de quienes han hecho posible nuestra labor, entre los que sin duda se halla muy en primer lugar la persona a la que hoy investiremos como Doctor por nuestra universidad. Por lo demás, él ha sido no sólo un promotor de acciones, sino que también se ha implicado vitalmente en la acción investigadora. Ahí están, para demostrarlo con creces, los estudios que, año tras año, han servido como Documentos de Base en las Semanas Monográficas celebradas, en una veintena de ocasiones, por la Fundación Santillana, estudios realizados con una pulcritud científica ejemplar.

Por lo demás, hay muchas otras facetas en el apretado curriculum de Ricardo Díez Hochleitner que le hacen merecedor de esta titulación académica que para él hemos postulado. En todas ellas destaca ese acendrado amor por la educación que seguramente heredó de su padre, maestro, como lo fueron también los míos. Nobleza obliga, una vez más. Muchas gracias, queridos compañeros de Facultad, de mi Facultad de Educación, por haber hecho posible, con vuestro unánime voto afirmativo en Junta de Facultad, esta propuesta de nombramiento que hoy llega a feliz cumplimiento.  Y muchas gracias también a todas las personas que, con su presencia en esta sala o con su expresada adhesión, ratifican de un modo u otro lo que sin duda considero un estricto acto de justicia.

Madrid, enero 2010