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17 de septiembre de 2010


Los dinosaurios no se extinguieron


Al menos, no todos. El hallazago de una nueva especie, el Concavenator corcovatus, viene a reforzar la teoría -aún cuestionada por algunos expertos- de que nuestras aves actuales son los descendientes directos de aquellos majestuosos seres que poblaban la Tierra hace millones de años. Pepito, nombre cariñoso con el que se ha bautizado al ejemplar descrito por el equipo del profesor de la UNED, Francisco Ortega, en la prestigiosa revista Nature, tenía alas... o por lo menos podía tenerlas, tal y como apuntan los restos fósiles de sus antebrazos.


Pasado


Suelo

Bajo esta roca se escondía Pepito. Los indicios ya permitían adivinar que se trataba de un enorme ejemplar, algo sorprendente en el yacimiento de Las Hoyas (Cuenca) en el que fue encontrado y que se caracteriza por albergar restos de animales pequeños.


En 2003, el equipo del profesor Ortega decide volver sobre un muestreo anterior del yacimiento de Las Hoyas (Cuenca) marcado como lugar de posible interés paleontológico. Al abrir una cuadrícula de prospección se encuentran los restos de lo que parece un animal muy grande, algo sorprendente pues “Las Hoyas se caracteriza por preservar de forma muy buena los restos de animales pequeños. Cuando encontrábamos restos de ejemplares más grandes, generalmente estaban muy alterados, sin embargo, éste no parecía estarlo”, comenta el profesor. “No sabíamos lo que teníamos. Es como si le echas una manta encima a un animal. Ves que la manta está deformada, distingues más o menos una cabeza, una pata… así que extrajimos toda la superficie de roca que había y nos la llevamos al museo, pensando que podría estar completamente disuelto”.

Una vez allí se inician el proceso oficial para empezar a trabajar con el bloque de roca extraído. Se trata de una serie de trámites –solicitar el proyecto, encontrar un preparador, preparar la roca…- que se prolonga durante dos años aproximadamente. En cuanto los expertos se ponen a trabajar con un bloque que contenía la cintura escapular, parte de los brazos y vértebras se dan cuenta de que el ejemplar, al contrario de lo que esperaban, está muy bien conservado.

Sin embargo, no es hasta 2007 cuando empiezan a adivinar la importancia del hallazgo: “Ahí ya vemos que los restos están preservados de una forma magnífica: los huesos están completos, articulados… empezamos a pensar que éste era uno de nuestros objetivos prioritarios, pues hasta ese momento, para nosotros sólo había sido algo que parecía interesante”, explica Francisco Ortega.

A partir de ahí, todo empieza a rodar solo. Ya no hay problemas de financiación, de equipo, de espacio… el animal “empieza a venderse solo”, aunque los expertos continúan moviéndose en el campo de la especulación: “sabíamos que era un terópdo completo, pero empezamos pensando que era un espinosaurio, un animal que se sabía que existía pero que nadie había encontrado, por lo que estábamos encantados con la idea. En cuanto vimos el cráneo nos dimos cuenta de no era así, sino que se trataba de un carcarodontosaurio, pues estos animales tiene una estructura del cráneo muy característica: rugosidades colocadas sobre los nasales entre los ojos y el morro, un par de bultos detrás de los ojos que caen sobre las órbitas de una forma muy peculiar, proyecciones de las aberturas del cráneo que sólo tienen ellos…”



Más sorpresas


El ejemplar encontrado deparaba muchas más sorpresas a los científicos, tal y como relata el propio Ortega: “Con el cráneo ya supimos que se trataba de una forma que no se conoce en la Península Ibérica. Sólo hay un carcarodontosaurio conocido en Inglaterra hasta el momento, pero tampoco son iguales. Empiezan a aparecer cosas raras, como la proyección de la espalda. El animal tiene dos vértebras con dos espinas neurales que se proyectan 40 centímetros por encima de la línea normal. Conocemos algunos animales que proyectan todas las vértebras haciendo una especie de vela, pero ninguno que tuviese diez vértebras normales, dos altísimas, otras normales y otra pequeña elevación sobre la cola. Esta estructura es completamente nueva”.

“El animal”, continúa el profesor, “tiene un aspecto peculiar: brazos muy cortos y manos muy largas. En el brazo predomina la longitud de la mano, las patas muy robustas y los pies muy reducidos. Los dedos de los pies prácticamente no existen, por lo que estamos hablando de un animal que probablemente anduviera de puntillas, algo que es frecuente en corredores. Es decir, parece un animal robusto, corredor, con brazos pequeños, manos largas que puede manejar y uñas poderosas”.

Finalmente, “al estudiar los brazos vemos que el cúbito, que en reptiles se llama ulna, tiene una estructura que llama la atención: una cresta con una serie de bultos que habíamos visto previamente en las aves y que les sirve para la inserción de los ligamentos que retienen los folículos de las plumas de mayor tamaño”.

Con toda esta información, se puede reconstruir la historia. “Por un lado, damos forma a la idea de que unos millones de años antes de que sean unos animales bien conocidos en América del sur, los carcarodontosaurios están distribuidos por todo el mundo, probablemente con un origen en los continentes del norte. Por otro, sabemos que es un carcarodontosaurio único por su estructura “marciana” en la espalda y por presentar una estructura antecesora de las plumas -o plumas en sí mismas- que coloca su aparición en un linaje mucho antes de lo que pensábamos”.

Y ahí radica la verdadera importancia del hallazgo de esta nueva especie, a la que finalmente llaman Concavenator corcovatus, “el cazador jorobado de Cuenca".


Presente


dinosaurio

Gracias a la tarea descriptiva y divulgativa del equipo del profesor Ortega y a la fabulosa difusión mediática de la noticia del descubrimiento, hoy todos conocemos el posible aspecto exterior del Concavenator corcovatus. Medía seis metros aproximadamente, tenía una sorprendente y desconocida hasta la fecha joroba y algunos de sus rasgos físicos han sorprendido a la comunidad científica.


Por los sorprendentes rasgos de la nueva especie hallada y, sobre todo, por lo revolucionario de su aportación a la teoría evolutiva de las aves, Francisco Ortega se decidió a presentar un artículo para la prestigiosa revista Nature. “Econtrar y describir una nueva especie no siempre interesa para este tipo de publicaciones. Nosotros nos lo planteamos cuando empezamos a ver que se modificaba sustancialmente nuestro conocimiento sobre el origen de las aves, pues se sustenta mucho más la teoría de que las aves descienden de los dinosaurios carnívoros, aportamos un elemento más de convicción a una teoría que, si bien ya está prácticamente aceptada, todavía es discutida por algunos sectores”.

La conclusión no deja de ser apasionante: “Toda la evidencia aportada nos dice que las aves de hoy son los dinosaurios que no se extinguieron”.

Los restos encontrados en la ulna del animal, explica Ortega, “los habíamos visto en dinosaurios emparentados con las aves, pero por línea evolutiva podemos concluir que todos los terópodos habían desarrollado ya una condición que no conocíamos: tener en la piel estructuras foliculares como las plumas y que, lo fuesen o no, ampliaban la distribución de un carácter de los dinosaurios carnívoros que mejor conocemos – que son las aves- a prácticamente todo el grupo, a animales que considerábamos escamosos pero que genéticamente ya estaban preparados para tener plumas”.

La repercusión mediática de la noticia nos permite entender aún mejor lo revolucionario del hallazgo de “Pepito”. A ello también ha contribuido el buen hacer de Francisco Ortega, volcado en la tarea divulgativa tanto como en la investigadora. “Nos ha ayudado mucho, por ejemplo, presentar una imagen que recrea la posible apariencia física del animal”.


Futuro

esqueleto

Continuar analizando y estudiando las piezas de este complejo puzzle fósil para extraer de él toda la información posible sobre la biología del nuevo dinosaurio, su entorno y su relación con el medio es el futuro más inmediato de Francisco Ortega. Y es que son muchas las incógnitas que quedan aún por resolver...


Si el pasado fue apasionante y el presente está siendo brillante, el futuro que le depara a este equipo de profesionales no es menos interesante… ¡y agotador! Son muchos los proyectos que se perfilan en el horizonte conquense, pues además del yacimiento de Las Hoyas, que este año celebra el 25º aniversario del comienzo de las excavaciones y que es el yacimiento que más publicaciones de alto impacto tiene en España fuera del entorno de la Paleontología humana (Atapuerca), hay una nave repleta de rocas a la espera de ser trabajadas extraídas del cercano yacimiento de Lo Hueco.

Los trabajos del AVE descubrieron hace unos años una “mina paleontológica” que hubo que retirar de forma ágil para que las obras no sufrieran un excesivo retraso, y cuyos fósiles esperan pacientes a que habilidosas manos los rescaten de su pétrea carcasa.
Ortega considera que con ellos se podrá conocer el ecosistema en el que vivían los dinosaurios 50 millones de años antes que “Pepito” y entre cuatro y cinco millones antes de que desaparecieran.

El Concavenator corcovatus tampoco ha dicho su última palabra. En principio su esqueleto no será extraído del todo de la roca en la que se halla, pues “el contorno está repleto de restos e impresiones que pueden aportar una valiosa información del animal”. Los estudios ahora se centrarán en llegar a conocerlo mejor para ajustar la hipótesis de partida con la que se ha trabajado, para lo cual seguramente ayudarán los restos de masa muscular y de masa abdominal que se han hallado. “Sabemos”, relata Ortega, “que el animal había ingerido otro dinosaurio antes de morir, pues hemos encontrado restos que así lo indican”.

Y, por supuesto, Ortega espera poder seguir profundizando en la hipótesis de las plumas, así como en el movimiento del animal, para lo cual trabajarán en tres dimensiones.

Por último, la UNED estará presente en el proyecto de creación de un Instituto de Investigación y el museo que se crearán con los materiales de Las Hoyas y Lo Hueco, cuyo objetivo, además de la divulgación para el gran público, será potenciar la paleontología de dinosaurios en Castilla La Mancha.


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Artículo de Nature


Itziar Romera

Edición web: Elena Lobato

Comunicación UNED