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Nuestros Rectorados anteriores

Manuel García Garrido (1972-1974)
Juan Díaz Nicolas (1974-1978)
Tomás Ramón Fernández Rodríguez (1978 -1982)
Elisa Pérez Vera (1982 - 1987)
Mariano Artés (1987-1995)
Jenaro Costas Rodríguez (1995-1999)
Jaime Montalvo Correa (1999-2001)
Araceli Maciá Antón (2001-2005)
Juan Antonio Gimeno Ullastres (2005 - 2013)
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Elisa Peréz Vera

Profesora Dra. Elisa Pérez Vera. Catedrática de Derecho internacional privado, hoy Magistrada del Tribunal Constitucional y, por tanto, en la situación administrativa de servicios especiales. Rectora desde noviembre de 1982 hasta octubre de 1987.

Las elecciones en que fui elegida Rectora se celebraron en septiembre de 1982, poco antes de las elecciones generales del mismo año, y cuando nuestra Constitución contaba apenas con cuatro años de existencia. Señalo los anteriores datos porque entiendo que pueden contribuir a entender el ambiente social en que se produjo mi llegada al Rectorado de la UNED. Fue un momento de fuerte politización en el que los deseos de cambio parecían haberse impuesto en la sociedad española. Tal vez este contexto contribuya a explicar, tanto que un grupo de compañeros me animara (pese a ser mujer) a presentar mi candidatura al Rectorado, como mi posterior elección. Y es que, hay que recordarlo, yo fui la primera mujer en ser elegida Rectora de una Universidad española. Hoy cuando, felizmente, nos hemos acostumbrado a ver a las mujeres en los puestos de máxima responsabilidad el dato puede parecer banal, pero en 1982 supuso una pequeña “revolución” que me hizo tomar conciencia de lo mucho que nos quedaba por alcanzar a las mujeres en nuestra particular lucha contra la discriminación.

 En todo caso tengo un recuerdo muy positivo de aquellas elecciones por sufragio universal, pese a la complejidad que supuso arbitrar la participación de alumnos disper-sos por toda España. En efecto, en ellas se discutieron programas, que respondían a dis-tintas visiones de la Universidad, con toda libertad y sin que los grupos de intereses fue-ran condicionantes decisivos de su desarrollo. Por eso me sentí la Rectora de todos y como tal procuré actuar siempre. En relación con este punto hay un extremo al que po-cas veces me he referido en público y que me emocionó de forma muy especial: el pri-mer regalo que recibí como Rectora me lo hizo la Delegación de alumnos de la UNED y fue un “bastón de mando”, que se encuentra entre mis pertenencias más preciadas; el que me lo entregaran “para que lo usara”, constituía todo un voto de confianza que in-tenté con todas mis fuerzas no traicionar.

 No obstante los grandes temas que presidieron la vida de la UNED durante mi mandato nos vinieron de alguna manera impuestos desde fuera. En efecto, la consagra-ción definitiva de la UNED como Universidad y la elaboración de los primeros Estatu-tos fueron consecuencias de la entrada en vigor de la LRU. En primer lugar, porque en algún momento de su elaboración la Ley universitaria pareció cuestionar la naturaleza de la UNED como Universidad que, si bien se distingue de las demás por la metodolo-gía que utiliza, debe gozar del mismo grado de autonomía que las restantes universida-des españolas, ex art. 27.10 de la Constitución.

 Hasta ese momento, en ningún momento de la historia de la UNED ni los sucesivos Equipos Rectorales, ni los miembros de la comunidad universitaria habían abrigado dudas al respecto. Para todos nosotros, formados en la práctica totalidad de los casos, en Univer-sidades tradicionales, la Universidad a Distancia en la que prestábamos nuestros servicios era en esencia una Universidad, como las que habíamos conocido con anterioridad, con un único rasgo diferenciador: el método de enseñanza. No obstante, el debate surgió de mane-ra imprevista en un momento de la tramitación parlamentaria de la LRU, en que la Dispo-sición Adicional Primera descartaba, en principio, la aplicación de la nueva Ley a la UNED.      
 
 Desde el convencimiento de que tal tratamiento era básicamente fruto del descono-cimiento de su realidad, todo el Equipo de Gobierno conmigo a la cabeza y con la colabo-ración activa de los miembros de la comunidad universitaria, emprendió una intensa cam-paña de información entre los parlamentarios de todos los Partidos Políticos. Fueron días difíciles, dominados por la tensión, pero en los que también pudimos constatar que la UNED tenía valedores en los más diversos ámbitos; amigos que, bien habían cursado estu-dios en sus aulas sin muros, bien habían tenido la oportunidad de participar en la empresa apasionante que tiene encomendada. Fruto de su apoyo y de la receptividad de todos los Grupos Parlamentarios, fue la enmienda de consenso, presentada in voce en la lectura final del Proyecto de Ley, que se transformó en la Disposición Adicional Primera que figuró en la LRU de 1983 y que supuso la consolidación de la UNED como Universidad que puede impartir sus enseñanzas en todo el territorio nacional, por lo que no puede ser transferida, ni total ni parcialmente, a ninguna Comunidad Autónoma.
 
 Pues bien, a partir de ese momento tuvimos que hacer frente al cumplimiento de las previsiones de la LRU. Ante todo hubo que elegir un Claustro constituyente ante el que presenté mi dimisión para poder concurrir como candidata a las nuevas elecciones a Rector que resultaban obligadas, según lo dispuesto en la Disposición transitoria segunda, aparta-do 1º de la LRU. Fui reelegida Rectora por el Claustro en marzo de 1984 y, en esta oca-sión, por imperativo legal, mi responsabilidad primordial iba a ser la de elaborar unos Esta-tutos que desarrollaran dicha Ley, teniendo en cuenta, además, nuestras peculiaridades organizativas.

 Según lo recuerdo, en la redacción de los Estatutos se impuso el criterio de que la norma a elaborar, llamada a insertarse en un marco legal preexistente, debía completarlo en los puntos en que así estuviera previsto, desarrollándolo autonómamente en aquellos as-pectos que, por responder a exigencias propias de nuestra Universidad, no contaran con una previa configuración legal; la convicción de que una cierta "austeridad normativa" era la actitud más adecuada al abordar la tarea que teníamos ante nosotros caló en todos los claustrales y, en buena medida, facilitó los acuerdos.

 El otro rasgo que quiero destacar aparece, en buena medida, conexo con el anterior; y es que, al mismo tiempo que se obviaba conscientemente la repetición de temas regula-dos en disposiciones con rango superior, se huyó igualmente del “reglamentismo”, elu-diendo la tentación de pretender que los Estatutos regularan todos los aspectos de la vida de la Universidad.

 De la combinación de ambos factores se deriva su característica externa más evidente; nos referimos, en concreto, tanto a la extensión, comparativamente reducida, de los Estatutos iniciales de la UNED como a la ausencia en los mismos de "declaracio-nes de principios", tan frecuentes como perturbadoras, en los Estatutos adoptados en aquellas fechas por otras Universidades.

 Tras avatares que no son del caso, los primeros Estatutos de la UNED fueron definitivamente aprobados por el Real Decreto 594/1986, de 21 de febrero. Un año y medio más tarde cesaba como Rectora, con la conciencia de haber participado en una etapa decisiva en la vida de la Universidad, en la que me sentí siempre apoyada por la mayoría de la comunidad universitaria. Por ello, después de tantos años, quiero renovar-les a todos mi agradecimiento, porque entre todos hicieron de aquellos años una expe-riencia inolvidable.