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Madrid, 5 de abril de 2019




Científicos de la UNED analizan los restos de pigmentos hallados en el Dolmen onubense de Soto

El equipo trabaja junto a la catedrática de Prehistoria de la Universidad de Alcalá, Primitiva Bueno, para demostrar que los grandes monumentos megalíticos anteriores a la época de las Pirámides de Egipto ya presentaban una decoración pictórica muy elaborada

De izda. a Dcha.: Rodrigo de Balbín, Primitiva Bueno y Antonio Hernanz

De izda. a Dcha.: Rodrigo de Balbín, Primitiva Bueno y Antonio Hernanz

“Hace mucho tiempo”, nos cuenta la catedrática de Prehistoria de la Universidad de Alcalá de (UAH) Primitiva Bueno, “que trabajamos para demostrar y documentar que los monumentos megalíticos europeos tenían una decoración funeraria elaborada en épocas anteriores a las Pirámides de Egipto y, para conseguirlo, necesitábamos a los mejores de nuestro país, que no son otros que el equipo de espectroscopía Raman de la UNED, dirigido por el catedrático Antonio Hernanz Gismero”. Así de rotunda se muestra Bueno en nuestra entrevista, concedida al alimón junto a Hernanz y Rodrigo de Balbín Behrmann, catedrático emérito de la UAH, para contarnos los últimos avances de una investigación que ha dado sus frutos fuera de la Península Ibérica y que comienza a hacer lo propio en ella. “Desde 2009”, explica Bueno, “hemos realizado diversos trabajos tanto en España como en otros lugares de Europa (Portugal, Francia) para defender esta teoría. De hecho, hemos sido los primeros en demostrar que los dólmenes de Bretaña tienen pintura, para lo cual hemos contado también con el equipo de Antonio Hernanz”.


Y es que el trabajo del catedrático de la UNED es, por su especialización, nivel de dificultad y necesidad de tecnología específica, rara avis en el mundo de la investigación. “Disponemos un microscopio Raman de altas especificaciones y que combina esta técnica con la de microscopía infrarroja. Contamos además con un equipo portátil con el que hemos podido trabajar in situ, por primera vez en España, en el Dolmen de Soto”. Para los profanos en la materia, la espectroscopía Raman permite observar la radiación que dispersa la materia cuando se excita con un rayo láser e identificar los materiales que la componen, ya que estos corresponden a transiciones entre estados de vibración característicos de su composición. Esto significa que, si en una roca hay restos de pigmento de cualquier época histórica, aunque estos sean microscópicos, podrían identificarse por esta técnica. Y así ha sucedido en el Dolmen de Soto, un monumento megalítico funerario del IV milenio antes de Cristo ubicado en la localidad onubense de Trigueros en que se ha trabajado recientemente con los correspondientes permisos de la Junta de Andalucía, quien ha editado el volumen que ahora se presenta con los resultados de los mismos.



Además de la técnica, el conocimiento y la experiencia, en este caso fue también decisiva la suerte: “en nuestra primera incursión con equipo portátil”, recuerda Hernanz, “íbamos con mucha precaución porque no sabíamos lo que podíamos encontrar y porque ya habíamos experimentado fracasos anteriores. Llevamos un equipo con cable de fibra óptica conectado a cámara que actúa como microscopio. El trabajo consiste en enfocar sobre un punto muy concreto en el que se crea que hay restos de pintura, pero en realidad es casi como trabajar a ciegas. Tuvimos mucha suerte porque en las primeras incursiones enseguida localizamos restos rojizos que proporcionaban señales Raman de hematites y sabíamos que ese mineral no formaba parte de la composición de la roca, lo cual confirma que el hematites se ha puesto ahí de forma intencionada en forma de pigmento rojo”.


Este primer trabajo de microscopía Raman in situ en España seguía a otros realizados en Europa. “Primero estuvimos en Francia, en Barnenez”, explica la catedrática, “también con el equipo de la UNED. Si no hubiésemos trabajado con Antonio Hernanz no tendríamos ninguno de los datos que tenemos ahora”. Sí había, sin embargo, experiencia previa en Arte Paleolítico, especialidad de Rodrigo de Balbín que hizo que se pusiera en contacto con el catedrático de Prehistoria de la UNED, Mario Menéndez y, a través de él, con Antonio Hernanz. “He trabajado siempre con técnicas de espectroscopía de vibración en investigación básica”, aclara Hernanz, “identificando estructuras y evaluando parámetros moleculares, y es la primera vez que hacemos investigación aplicada. Es un trabajo muy laborioso, porque cuando tienes muestras puras la asignación de las señales Raman que observas es relativamente fácil, pero en la Naturaleza está todo mezclado y discriminar las señales no es nada fácil”.

Antonio Hernanz

Además, “nos enfrentamos a otro problema, que es la radiación de fluorescencia: cuando excitas una muestra con radiación visible de un láser, como es habitual, se excitan, además de sus estados de vibración, sus estados electrónicos, y la relajación de estos al estado fundamental puede dar lugar a la emisión de una radiación tan intensa que enmascara las señales Raman con las que trabajamos, lo que nos impide observarlas. Para eso recurrimos, en estos casos, a otras técnicas complementarias como la espectroscopía infrarroja o la espectroscopía atómica, y esto es lo que nos distingue de otros grupos que pueden llegar a sacar conclusiones erróneas por no emplear los aparatos apropiados. Por ejemplo, fluorescencia o dispersión de energía de rayos X puedes identificar que hay hierro y eso es indiscutible, pero si de ahí concluyes que si hay hierro y es rojo hay óxido, estás entrando en el campo de la presunción, pues no tiene por qué ser óxido, e incluso porque existe en la Naturaleza una gran familia de minerales completamente diferentes compuestos de óxidos e hidroxióxidos de hierro”.



Izquierda y derecha: Hernanz y Ruiz López (UCLM) trabajando con el equipo portátil de microscopía Raman en el Dolmen de Soto. Centro: Vista área del Dolmen de Soto

Izquierda y derecha: Hernanz y Ruiz López (UCLM) trabajando con el equipo portátil de microscopía Raman en el Dolmen de Soto. Centro: Vista área del Dolmen de Soto



Visión global

Rodrigo de Balbín



Precisamente haber trabajado previamente en Arte Paleolítico le proporciona al equipo de investigación una visión más completa de la situación: “trabajar con Paleolítico y Pospaleolítico”, explica De Balbín, “nos permite establecer si hay o no hay diferencias entre las formas de mezclar los pigmentos y distribuirlos por territorios más o menos grandes respecto a otras épocas posteriores”. Y es que las ‘recetas’ que empleaban en esas cronologías para elaborar las pinturas y su difusión geográfica ha sido otra de las áreas a las que han aportado luz gracias a las conclusiones del equipo de Hernanz. Señala Primitiva Bueno que “en el caso de los dólmenes, la caracterización de elementos específicos nos ha permitido definir recetas concretas sobre el empleo de un tipo de óxido de manganeso concreto y no otro diferente, y que se usa en todos los soportes de un monumento, por ejemplo, pero no en el que está al lado, lo cual lo convierte en un sello de una pintura de un momento determinado en una zona determinada. Y lo interesante es que estamos viendo que las recetas complejas de algunas zonas de la Bretaña francesa son las mismas que vemos en la Península Ibérica, lo cual significa que hubo una relación, una conexión entre ambos lugares que no se había podido documentar antes en este nivel, porque ahora hablamos de ritualidad funeraria y esto, socialmente, tiene un significado especial”.


Y de esta forma se vuelve a la premisa inicial, esta vez con más conocimiento de causa, con la que trabaja el equipo interuniversitario: que existen decoraciones elaboradas y, por tanto, un ritual funerario muy específico en cronologías del V milenio en adelante antes de la era.


¿Por qué no?


La teoría de que los monumentos megalíticos estaban pintados no estaba defendida hasta el momento, a pesar de que se sabía que había muchos grabados en los dólmenes atlánticos. Los primeros en defender que, además de grabados, estos monumentos estaban pintados, fueron Primitiva Bueno y sus compañeros. “Nadie antes que nosotros”, afirma la especialista, “había pensado que podía haber pintura en el Dolmen de Soto. Sin embargo, sabíamos que a primeros de siglo, en la zona del norte de Portugal, se había documentado que había restos de pintura que se creían exclusivos de esa zona. Por otro lado, ya habíamos visto restos de pintura en dólmenes de la Península Ibérica, así que en los primeros proyectos con Antonio Hernanz demostramos simplemente eso: que había restos de pintura en todos los dólmenes que tenían grabados. El siguiente paso fue hacer lo mismo en Europa: fuimos donde más dólmenes había y demostramos lo mismo”. Y así hasta llegar al punto actual en el Dolmen de Soto, en el que se trabaja para esclarecer cómo era exactamente el aspecto final de la construcción. “Si estas grandes construcciones las imaginas pintadas en negro y rojo con bases blancas, tal y como hemos demostrado que estaban, nos encontramos ante una decoración especialmente elaborada que pretendía transmitir un mensaje, contar una historia”.


Una historia y un mensaje, que fueron cambiando a través del paso del tiempo. Rodrigo de Balbín señala que “esto es algo muy importante, porque a nosotros nos llega la foto final de un monumento que, en realidad, ha sufrido un proceso largo de transformación y ha sido utilizado y reformado durante milenios”. Sobre la datación han aprendido mucho en todo este tiempo: “hemos contado con la documentación arqueológica realizada por Linares, llegando a constatar que algunas de las piedras del círculo exterior del Dolmen de Soto (más antiguo) habían sido rotas a mazazos para ser reutilizadas en el interior, pues presentan la misma geología e incluso casan unas con otras”. Esto quiere decir también que el Dolmen de Soto es uno de los más antiguos de Europa y que con anterioridad al monumento actual hubo algún tipo de construcción de grandes piedras o estelas como pasa en todo el Atlántico, “a pesar de que siempre se ha pensado que en Andalucía no sucedía así”, señala Balbín. Así, la datación C14 de los contextos arqueológicos que nos han llegado hasta la actualidad alcanza el IV milenio; por tanto el círculo y otras posibles construcciones son anteriores.


“Todo lo que hacemos en el Dolmen de Soto”, explica Bueno, “implica una visión completamente novedosa, pues demostramos que cada vez que se reelabora el monumento se reelaboran las pinturas y los grabados y se actualizan con la época”. Ejemplo de ello es el hallazgo entre los grabados de numerosas armas metálicas. “No hay un solo monumento megalítico en Europa que tenga tantas armas dibujadas como el Dolmen de Soto: tiene puñales, espadas… incluso hay una espada de Lengua de Carpa, que es una tipología muy concreta del Bronce final, cuando nadie se imagina que se siguieran utilizando los dólmenes. Con la suerte de que en la excavación exterior hay un pequeño depósito con una cronología del 1200aC., la misma que las espadas representadas. Esto significa que se redecoraban los monumentos y se actualizaban con elementos de cada momento histórico, al tiempo que nos señala que nos encontramos ante un panteón con un significado profundo donde se guardaban los ancestros desde el IV Milenio pero también durante el III y II milenio aC.”.


Primitiva Bueno va más allá y se atreve a apuntar, incluso, que estos lugares sagrados de enterramiento han seguido teniendo una memoria de sitios respetados, como depósito de ancestros: “hay un ejemplo muy claro en Europa, en Knowth, en un dolmen que tiene dos túmulos con cronologías del IV, III y II milenio y en el que, además, hay muestras de enterramientos pertenecientes a la Alta Edad Media. También en el Dolmen de Soto se han documentado enterramientos del siglo V después de Cristo. Y, como ejemplo final, vemos que el Dolmen de Menga o los Dólmenes de Antequera están al lado del cementerio actual de Antequera. O el Dolmen de Montelirio, que se encuentra junto al cementerio de Castilleja de Guzmán”.


Balbín está convencido de que sería justo en ese momento, en el Bronce final, cuando el monumento podría contemplarse en todo su esplendor. “la decoración sería similar a la de los frisos del Partenón de Atenas, con colores intensos, aunque la paleta estaría limitada a blanco, rojo y negro”. La catedrática añade que “se estaba escribiendo discurso funerario, de forma que los que entraran en el túmulo estarían comprendiendo una historia contada a través de figuras grabadas y figuras pintadas. La reflexión que debemos hacer es que si nosotros, después de casi 6000, años percibimos los restos de color… ¿Qué cantidad de color tendrían? Si aún podemos encontrar los rastros del pincel en la masa… ¿cómo sería la masa? Pensamos, de hecho, que la piedra no se vería y que la masa de pintura sería plástica y blanda. Ellos dibujaban y pintaban; a veces el grabado sería el contorno y otras veces el interior, y en otros momentos simplemente jugarían con los dos. Hay que tener en cuenta que, además, entraban con lamparitas alimentadas por grasa para mantener el fuego, lo cual daba un auténtico contraste de color y les permitía experimentar con las formas y el movimiento”.

Primitiva Bueno y roca Lengua de Carpa

Espada abrasionada tipo Lengua de Carpa (36cm.) en el lateral derecho. A su lado,
arma más corta con pomo circular.
Fuente: 'Símbolos de la muerte en la Prehistoria reciente del Sur de Europa. El Dolmen de Soto, Huelva, España', ed. Junta de Andalucía




El equipo de trabajo de la UNED está integrado por Antonio Hernanz Gismero, catedrático de Química Física; José María Gavira Vallejo, profesor titular de Química Física; Mercedes Iriarte Cela, doctora UNED; Denís Paredes Roibás, doctorando UNED; Blanca Álvarez Henández, graduada UNED, y Verónica Rubio Carrera, graduada UNED.


El equipo que dirige Primitiva Bueno Ramírez, catedrática de Prehistoria de la UAH, está formado por Rodrigo de Balbín y Rosa Barroso, del Área de Prehistoria de la Universidad de Alcalá. Han contado además con la colaboración de la doctora Karen Steelman, del Schumla Archaeological Research de Estados Unidos. La actuación arqueológica en el dolmen de Soto ha sido dirigida por José Antonio Linares y en ella han colaborado Corona Mora y Juan Carlos Vera de la Universidad de Huelva.



Lo que cuentan los pigmentos

Antonio Hernanz tiene un mapa en el que ha señalado todos los lugares del mundo en los que ha trabajado: Europa, Asia, África… En todos ellos destaca el color rojo entre los más usados y ese detalle le ha hecho reflexionar. ¿Por qué grupos humanos cronológica y geográficamente aislados, sin comunicación, elegían el mismo color para sus pinturas? “La explicación puede ser sencilla, según respondió el eminente prehistoriador francés Jean Clottes: el rojo es el color de la sangre y de ahí que se utilizara tanto. Sin embargo, no acaba ahí su reflexión. “Es que, además utilizaban el mismo tipo de mineral, el hematites. Es decir, grupos de todo el mundo sin aparente conexión eligieron el mismo mineral”, lo cual ya es más difícil de explicar. Hernanz no se queda ahí. “Creo”, afirma, “que esto tiene un significado químico que nos revela que eran muy inteligentes, porque todos esos grupos que querían pintar de rojo dieron con un material de ese color que era exactamente el mejor material con el que podían obtener pintura roja, pues el hematites, a diferencia de los pigmentos orgánicos, es un mineral que no se degrada con la luz, que es estable y además muy poco soluble en agua”. A estas conclusiones, por supuesto, no se puede llegar sin el análisis químico de los pigmentos, “y así es como ayuda la investigación química a la histórica”.

Muestra excitada con láser en el microscopio Raman de la UNED


La paleta prehistórica


Interior del Dolmen de Soto


La paleta pictórica primitiva era muy limitada y tendría como color predominante el rojo, acompañado del negro y el blanco y, en menor medida, el amarillo. “En general”, resume el catedrático, “el rojo se obtenía a partir del hematites; el amarillo con goetitha, y el negro con carbón amorfo, tipo hollín o carbón vegetal. También son frecuentes los rojos derivados de la lepidocrocita o de la wüstita, que son casi negros”. En cuanto al blanco, explica el experto, “solo lo hemos podido identificar en una pictografía de un abrigo rocoso como mezcla de cuarzo, anatasa, moscovita e illita. Pero en los dólmenes seguimos tratando de identificarlo. Sospechamos que debía ser cal. Pero el blanco es muy sutil. Además, si pintaban con calcita en una roca calcárea o una cueva cárstica es difícil establecer qué calcita han puesto allí ex profeso como pigmento y cuál forma parte de la composición de la roca. Otra opción posible sería el uso de caolín, aunque aún no lo hemos detectado”.




Itziar Romera

Fotografías: José Rodríguez

Imágenes de campo: Rodrigo de Balbín

Edición web: Elena Lobato

Comunicación UNED